Como os habrá pasado a todos, a mi el confinamiento me ha servido para ver todo lo posible en plataformas de streaming. Coincidiendo con los días eternos de encierro, Amazon Prime Video estrenaba Amaia, una vuelta al sol, un documental de Vampire Films y Universal, en el que desgranan el primer año de carrera musical de Amaia Romero. Con unos escasos cincuenta minutos de metraje, la pieza es la viva radiografía de lo que se espera de la navarra, una cara que entronca claramente con la que vemos meses antes del inicio de este documental en Lisboa con motivo de la Eurovisión de 2018.

El documental, siempre en primera persona, muestra la andanza de una artista joven e indecisa en su desembarco en la industria musical. Los primeros pasos nunca son sencillos, y en el caso de Amaia si algo queda claro es que necesitaba desconectar. Entre líos de filtraciones, cambios de productores, y desconexiones en latinoamérica que hacen formarse poco a poco su primer trabajo Pero no pasa nada, este documental de apenas una hora me ha hecho cambiar radicalmente la percepción que tenía hacia ella, sobre todo luego de ver ciertas actitudes en tierras lusas.

Una personalidad ajena a presiones

El ‘pero no pasa nada’ que da nombre a su primer trabajo nos suena de sobra. Es el mismo calcado al que oíamos una y otra vez en una de las escalinatas del Altice Arena al acabar Eurovisión 2018. Luego de obtener un muy frío vigésimotercer puesto, tanto a la pamplonica como al por aquel entonces su compañero Alfred se les notaba en la cara que el resultado era lo de menos frente a acabar con meses agotadores que nunca les acabaron de llenar.

Sí, algo pasaba algo con el resultado, y de hecho las caras de la troupe de TVE detrás de los Almaia eran otras radicalmente opuestas. En el año donde el fenómeno fan juvenil había vuelto a engancharse a Eurovisión, todo lo que pudo salir mal salió mal, y el bottom era el doble de doloroso al ver como el Altice Arena estaba poblado de banderas rojigualdas. Pero probablemente, a Amaia, esto le daba igual, y no hay por qué culparla por ello.

Con dos años de distancia, podemos ver a ciencia cierta como Tu Canción, pese a ser una balada más que decente, era un pack prediseñado para explotar el amor juvenil por vigésima vez en Eurovisión llegando a resultar hasta algo pretencioso. Luego de tres meses agotadores, la pareja se habían convertido de la noche a la mañana en la pareja de España, y con un verano de gira en el horizonte y unos proyectos profesionales muy ilusionantes, Eurovisión era la última piedra en el camino antes de ese objetivo. En Portugal vivieron un compromiso profesional que encima tuvo mal resultado. Como lo viviera Anouk hace años o probablemente los Hooverphonic este, pero con un bottom a la espalda. Algo, que se te queda para siempre.

No, a todos no les tiene que gustar Eurovisión (más que nos pese)

Como buen eurofan que seguro que eres, alguna vez se te ha llenado la boca de decir la oportunidad que es ir al festival para un artista, defendiéndolo como el evento musical más grande del mundo. Razón, no te falta, pero desgraciadamente la ilusión no puede ser nunca en la vida impostada.

Si bien allá por 2001 tras el éxito de David Civera en Eurocanción, nacía Operación Triunfo como una mera preselección al Festival de la Eurovisión (bien nos lo cuenta Alejandro Abad en nuestra última entrevista), en 2017 la cosa no era así, hasta el punto de dudar en los propios meses de si el formato de Gestmusic acabaría siendo vía a la Eurovisión o la corporación pública optaría por un dedazo para Lisboa.

De esta manera, no podemos culpar a nadie de que le haga más ilusión un concierto en su ciudad o salir en la tele que ir a Eurovisión. Partiendo de que hay que exigir un mínimo de profesionalidad ante el reto, y de que al firmar un contrato hay una serie de compromisos que cumplir, en España chocamos año tras año con la misma piedra: la de querer que el eurovisivo además de buen cantante y tener buena canción, tenga que ser una persona súper cercana y amigable.

En el caso de Alfred y Amaia lo vivimos como el que más. Recién salidos de la academia de Terrassa, quitando alguna firma de discos, el camino a Lisboa fue el primer gran envite profesional de dos chicos, que guste o no, no tenían ninguna cintura en el asunto. Bajo esta premisa, las entrevistas pueden hacerse bola, la canción te puede no gustar o puedes acabar hasta el moño de los ensayos. Todos somos humanos, y desgraciadamente todos no somos eurofans o conscientes de lo que supone el Eurofestival. 365 días después Miki Núñez nos haría reconciliarnos con el concepto OT asociado a Eurovisión, al igual que Ramón del Castillo nos quitó el mal sabor de que Beth no fuera tan motivada a Riga. Sin embargo, la catalana (con un temazo de Andermay) se vino con un top-10 en el bolsillo, y eso hizo que no doliera tanto que pasara por la experiencia de puntillas. El resultadismo de siempre.

Ya te entenderemos, Amaia

La sencillez e irreverencia de Amaia nunca casó con Eurovisión. Y no pasa nada.

Por ello, a modo de conclusión y quizá afectado por el influjo de positivismo y comprensibilidad de ir pasando fases en esta pandemia, creo que le debemos algo más de empatía a Amaia con su experiencia eurovisiva. Volviendo al documental, la pamplonica demuestra ser irreverente, relajada pero decidida con todo, algo que explica que con Eurovisión le pasara algo similar.

Una chica que en su primer disco se muestra tan perfeccionista y cuidadosa, y que se enclaustra en el indie más diferencial de todo lo que puede sonar en radiofórmula en España, quizá pudo sentirse saturada de una balada donde la vestían como una señora de cuarenta años y encima tenía a todo el país encima.

Como la primera cerveza a veces no gusta, la primera experiencia profesional a Amaia no le gustó, y dio la casualidad que resultó ser Eurovisión. Ahora, luego de recluirse prácticamente un año, por fin ha encontrado su sitio, en el que como en todo tendrá admiradores y detractores. El festival fue solo una raya en el agua más de una carrera que se intuye larga. Algún día lo comprenderemos.

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