Todo eurofan se considera digno de ser representado por Paquita Salas. ¿Por qué? Porque cree que es un “perfil 360”. De hecho, nosotros mismos también lo pensamos muchas veces: nos creemos grandes compositores, productores, coreógrafos, estilistas… y la lista de cosas sobre las que “sabemos” no tiene fin. Por eso cuando ha saltado la noticia de la introducción de los coros pregrabados, no era de extrañar que sacáramos a relucir el supervisor ejecutivo que llevamos dentro.

Aprovechando que el estado de alarma está a punto de terminar, abrimos nuestro bar particular. Y como abuelos que saben más de fútbol que el entrenador de un equipo, iniciamos esta nueva sección para comentar las noticias que vayan surgiendo.

¿Qué será: caña o vino? La tapa la pone la casa.

Miguel Heras: Seamos sinceros, no deberíamos sorprendernos porque la UER haya decidido incorporar coros pregrabados en Eurovisión. El último gran cambio que el festival ha vivido para intentar elevar la calidad musical fue la vuelta del jurado. Desde entonces, todos los cambios han ido orientados a incrementar el impacto en el factor “espectáculo” del festival.

Quizás lo que no esperábamos era que fuese justo cuando el nuevo Supervisor Ejecutivo ha tomado posesión del cargo. Menos aún como una solución para la situación generada por el coronavirus. Como otros cambios que ha vivido el festival durante las últimas décadas, incluida la libertad idiomática, esta nueva norma tiene el peligro de convertirse en una imposición no escrita. Es lo que sucede en la mayoría de candidaturas del Melodifestivalen. Entiendo casos concretos de matices que no pasaría nada por estar pregrabados, pero más allá de eso… La idea en principio mucha gracia no me hace. Máxime cuando tiene pinta de que usan la excusa para implementar algo con lo que no se habían atrevido hasta el momento, el tiempo dirá.

Alberto Temprano: Llegó el “pogreso” (como diría Paco Martínez Soria) a la Eurovisión… si entendemos como progreso una cosa que ya introdujo Croacia hace 20 años. La excusa es lamentable: usar la pandemia para cumplir el sueño húmedo de Christer Björkman, con justificaciones ridículas del tipo “es para ahorrar costes” (como si fuera más caro llevar a dos coristas que montar un armatoste de medio millón de euros) o “es para que haya menos gente en el escenario” (como si no fueran a sustituir los coristas por bailarines, o no vaya a haber 10.000 personas entre la platea y el graderío). No cuela, queridos amigos de la EBU: primer año con un Supervisor Ejecutivo sueco, primera decisión para favorecer a Suecia.

Como tampoco cuela la excusa de “es solo por un año”. También era “solo por un año” la introducción de Australia como país participante… y ahí sigue. Al igual que previsiblemente seguirán los coros pregrabados, y al igual que es previsible que, dentro de unos años, se aumente el número de personas en el escenario de seis a ocho (esta decisión no es necesariamente negativa). Estamos ante la “melodifestivalización” de Eurovisión, un festival cada vez más alejado del concepto musical (sin música ni coros, tan solo quedan las voces principales en directo) y más próximo al fenómeno de show que algunos intentan vender como el camino del éxito. ¿Quién sabe? Lo mismo el último paso es cambiar las canciones originales por covers de hits internacionales.

Luis Mesa: Al igual que la Covid-19 nos va a dejar sin poder pagar en los autobuses o sin dar abrazos durante mucho tiempo, nos ha quitado también los coros en la Eurovisión. O ha sido el coronavirus, o ha sido Martin Österdahl, el que se ha estrenado como Supervisor Ejecutivo con una bomba que hace tambalear cualquier cosa. Tomando como referencia siempre al totipotente Melodifestivalen y haciendo gala de su nacionalidad, en pos de la seguridad (de momento), 2021 será el primer año donde no será necesario el apoyo vocal, cambiando los coros por pistas .mp3, algo que parece que trae solo ventajas pero es todo lo contrario.

Con los coros pregrabados, el festival se quita de un plumazo los car crushes, los gallos prácticamente y genera una corriente donde las versiones de estudio serán calcadas en escena. Pudiendo maquillar cualquier desatino del abanderado, si en 2019 Milli Vanilli se hubiera quedado en semis en Tel Aviv, en Rotterdam podrá optar a un top-5 si sabe ocultar sus vergüenzas. Sinceramente, a cambio de bopasos, bases electrónicas y coros gospel de cincuenta personas, no cambio el festival de siempre, el que cada vez se parece más a un talent show y menos a un festival de la canción al uso.

Carlos Pecharromán: No me gusta la idea. No me gusta nada. De entrada, considero que es enmarañar innecesariamente las reglas a las que están sujetos los compositores de las canciones del festival, quienes van a presentar algo que por X razón luego no será válido pensando que sí, y vendrán los lloros. Y todo con una justificación pobre haciendo alusión a algo tan serio como es la crisis del coronavirus, vendiéndonos la moto con el desmesurado gasto que le supone a las delegaciones llevar coristas. Lo siento, no cuela.

Con la aparición de los coros pregrabados en escena —medida que en principio será vigente únicamente en 2021 aunque cualquier eurofan es consciente de que que si llega, lo hace para quedarse— se pierde totalmente la esencia de Eurovisión, la música en directo. Para bien, los gorgoritos; para mal, los gallos. En definitiva, el derroche vocal de los artistas en ese preciso instante en el que se están jugando todo, ese factor riesgo que al fin y al cabo tiene defender cada propuesta en el certamen. Adiós magia.

Dani Fernández: Se estrenó el nuevo supervisor de la UER emergiendo cual elefante en una cacharrería. Todavía no sé qué me parece más grotesco, si la inclusión de la nueva regla en sí o utilizar una pandemia y su contexto de crisis para justificarla. Tratándonos como imbéciles, cuando todos sabemos que esto viene para quedarse, como ya lo hiciera Australia en 2015. Una rastrera artimaña propia de la política gubernamental que mezcla el tocino con la velocidad, ya que para mayor contradicción, a su vez, se trabaja para que el Ahoy Rotterdam pueda estar lleno hasta la bandera. Perfecto.

Como ya sucediera con otras modificaciones en el pasado, el Festival de Eurovisión da otro paso más en su desnaturalización. Pierde la música y con ello, se desmorona parte de su identidad, esencia e historia. Y no es drama, permítanme el derecho, con respeto, de sentirme cada vez menos identificado con aquel certamen que empecé a seguir hace casi veinte años. Mantener la fe entre tanta resignación empieza a convertirse en un ejercicio de superación. Tiempo habrá de analizar el peligro de esta barra libre y sus consecuencias, a medio o largo plazo. Mucha suerte, Martin Österdahl.

¿Y tú qué opinas sobre la decisión? Puedes compartirlo con nosotros en los comentarios.

Esta web utiliza cookies, puedes ver aquí la Política de Cookies