¿Qué podemos esperar del futuro de España en el Festival de Eurovisión? Con la cancelación de la edición 2020, y con Blas Cantó confirmado como representante en 2021, RTVE se ha encontrado con el futuro a corto plazo resuelto. Sin embargo, sabemos que el gran problema de España en Eurovisión es la inestabilidad: los continuos cambios de sistema lastran la capacidad de lograr mejores resultados.

A ello hemos de sumar que, con la excepción de la elección de Blas, los planes españoles suelen anunciarse tarde, mal y a prisa. Por su parte, los países más exitosos en el certamen normalmente anuncian sus intenciones con tiempo suficiente. Además, habitualmente cuentan con formatos estables en el tiempo, por lo que todo el mundo en la industria conoce perfectamente el reglamento y la estructura competitiva. No obstante, los problemas de España en Eurovisión no se limitan a una cuestión de falta de tiempo, por lo que hemos de ver qué aspectos inciden directamente en el éxito de una candidatura.

¿Cuáles son los problemas de España?

Comencemos por el principio: ¿qué falla en las candidaturas españolas? Para ello, haré un balance de los últimos diez años (desde “Destino Eurovisión” hasta la elección interna de Blas Cantó) para centrarme en los cuantiosos fallos y en los escasos aciertos. Con ello no busco un ánimo destructivo: se trata de señalar lo que está mal para poder corregirlo. Y, por no extenderme demasiado, me centraré estrictamente en el apartado musical.

España cuenta habitualmente con un buen pilar: los intérpretes. En estos diez años hemos llevado cantantes que, en mayor o menor grado, han mostrado solvencia escénica. El problema es que esto es el “Festival de la canción de Eurovisión”. Por tanto, sin canción no hay resultado. Para entenderlo bien, echemos un vistazo al perfil de los artífices de crear esas canciones.

Si cogemos la lista de compositores de las últimas preselecciones españolas, vemos unos patrones comunes: nombres que se repiten (algunos dos, tres e incluso cuatro veces en una misma preselección), de origen sueco o vinculados al mundo eurofan (es decir, compositores que generalmente desarrollan su carrera de forma ligada al festival) y que, en muchos casos, intentan vender que una vez hicieron una canción que quedó bien en el certamen.

Entrando ya propiamente en las canciones, nuevamente vemos similitudes: canciones prefabricadas “para Eurovisión”, que han pasado por decenas de preselecciones sin resultar seleccionadas, que necesitan ser “producidas de nuevo” cuarenta veces, a las que han metido guitarras españolas para hacerlas “más nuestras” y que ningún cantante serio querría en su repertorio.

¿Cuál fue la excepción? El año 2018. La presencia de canciones compuestas de cero y compositores de renombre explicó el buen nivel general de aquella preselección. Con mejor o peor resultado, pero la mayoría de los temas estaban pensados para un artista, para contar una historia, para ser un hit de ventas… tenían un objetivo fuera de “ser eurovisiva”. El éxito televisivo del programa, así como su buena prensa, provocó que esos compositores se acercaran al concurso: vieron un beneficio.

¿Qué nos puede servir? Buscando referentes

Recurrentemente, desde el sector eurofan se emplea aquello de “hay que hacer como los suecos”. Sin embargo, obviamos un detalle: poco o nada tenemos que ver con ellos. Cultural, social y económicamente, los tres países más similares a España son Francia, Italia y Portugal. Todos ellos tienen pros y contras a la hora de aplicar sus fórmulas en España, pero nos pueden ayudar a formar una visión de conjunto.

De Francia podemos aprender de los errores… y de los aciertos. Sigo pensando que la “Fórmula Grassi”, de base, era muy buena: dos años de transición para instaurar una preselección que, musicalmente, ha sido genial. ¿Problema? Que hicieron “un España”: cuando tienes las bases sentadas, te lo cargas todo y vuelves hacia atrás. Y ahí podemos aprender de los errores: Francia triunfa cuando hace un buen trabajo y son ellos en el Festival. En 2021 tendrán una oportunidad para recuperar su esencia, no vendiéndose a “carroñeros colocadescartes”.

Marta Carvalho escogió a Elisa para interpretar Medo de Sentir en el Festival da Cançao 2020.

Vamos con Italia. El país soñado a imitar: con un certamen más antiguo que la propia Eurovisión, los principales espadas del país participando, un evento que paraliza el país, Amadeus… y, en su ventaja, está el problema. En España no podemos aspirar a un Festival de San Remo, porque ese tren pasó hace décadas. Pero sí que podemos aprender algo: el respeto a los compositores, intérpretes y, especialmente, a las canciones. Por algo es el “Festival de la canción italiana”: porque lo importante es la canción.

Y llegamos a nuestros vecinos portugueses. El país luso ha encontrado en el Festival da Cançao su fórmula de éxito, con una selección musical sublime al dejar caer todo el peso de la participación en los compositores. Es un programa 100% portugués, con música que se reconoce como portuguesa y que, posiblemente, tiene la mejor línea gráfica de toda Europa. Al igual que en el caso italiano, el Festival da Cançao lleva años en marcha, y clonarlo no nos sirve. Pero siempre se pueden tomar notas: la purga del 2015, sumada a la pausa del 2016, han permitido a la final nacional lusa resurgir de sus cenizas. Compositores reputados trayendo canciones de calidad sustituyendo a compositores eurofans que llevaban el enésimo descarte.

Entonces… ¿qué hacemos?

Y ahora que tenemos la lección aprendida, vamos a desarrollarla. Obviaré intencionadamente hándicaps que hacen utópico este planteamiento (como la “excesiva burocracia” -lo denominaremos así- de RTVE o su nula capacidad de negocio con Eurovisión), por lo que parto de que algo tan sencillo es irrealizable. No obstante, creo que sería el momento de llevarlo a cabo: contamos con los suficientes condicionantes que harían posible su éxito.

Nuestro punto de partida es 2021. El hecho de que Blas Cantó tenga tanto tiempo por delante para planificar su candidatura nos permite a su vez comenzar a plantear una preselección para 2022. Una vez Blas tenga cerrados todos los detalles de su actuación (canción, escenografía) será el momento para que RTVE mueva ficha y comience a contactar a los principales compositores de España para pedirles un tema que participará directamente en la final nacional, sin filtro previo.

Alguno pensará: “bueno, pero es muy arriesgado porque no sabemos qué saldrá de ahí”. He ahí pros y contras: otorgas libertad creativa a un compositor, pero te puede presentar un churro. Igualmente es complicado que, si invitas a, por ejemplo, diez contrastados autores, ninguno sea capaz de hacer una canción buena. Y hablo de compositores porque en esto apuesto por la vía portuguesa: si en España nos sobran los buenos cantantes, y en RTVE no han estado “acertados” (siendo generoso) a la hora de elegir temas (en gran parte porque ni han formado comités de expertos, ni tan siquiera se han escuchado canciones), mejor será optar por el camino más sencillo y directo.

Teniendo los compositores, faltan otros dos elementos clave: el cantante y la canción. Para el cantante, libertad al compositor: que pueda decidir quién defiende su tema, pudiendo componerlo expresamente para él. Nos evitamos polémicas como las vividas en 2011, 2018 o 2019, con cantantes que puedan estar cómodos cantando algo que ellos han querido cantar.

Lo más importante, la canción

Nos queda la canción, el punto clave, para lo que necesitamos evitar caer en numerosos errores. Primero, hay que favorecer al máximo posible a los autores para que compongan un tema, dándoles todas las facilidades posibles. Ello nos lleva al segundo punto, el del tiempo para la composición. No se puede repetir el mismo caso que con Blas: desaprovechar tanto tiempo para forzar a tener algo de manera apresurada. Hay que establecer unos márgenes temporales amplios para tener una canción bien producida y terminada para que no tenga que ser modificada en ningún momento en el camino a Eurovisión.

Por último, nos falta el último elemento del pack: la puesta en escena. Necesitamos simular al máximo las mejores condiciones de actuación para poder llevar una actuación con las mínimas modificaciones al festival. Eurovisión es un programa de televisión, pero está más cerca de los MTV EMA que de Tu cara me suena: saquemos por tanto las preselecciones de un plató, y llevémoslas a un recinto más amplio. No hablo de hacer algo tipo Melodifestivalen, sino a llevar la gala a un teatro en el que sepamos que podemos tener una buena iluminación y una mejor acústica.

Es importante señalar algo: la crisis del coronavirus se va a ver especialmente reflejada en la música y el turismo. Aprovechemos esto en nuestro favor para crear un método de selección que sirva a su vez de promoción turística (como pasa con San Remo o con el Festival da Cançao) y de impulso de la industria musical (un programa de mayor calidad, con buenos temas, multiplicará su impacto).

Esta es una de las múltiples propuestas y visiones que se tienen sobre el futuro de España en el Festival de Eurovisión. ¿Qué te ha parecido? ¡Te leemos en los comentarios!

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