Podríamos decir que Eurovisión 2020 ha llegado a su fin, pero sabemos que esto no es un retrato fiel a la realidad. Desde que comenzó la crisis del coronavirus, todos éramos conscientes que esta herida abierta nunca llegaría a cerrarse del todo. 

Lo que ninguno esperábamos era que el Europe shine a light sirviese para incrementar la desazón. Desde los primeros compases, el especial organizado por la UER dio la sensación de estar anclado en la narrativa de las primeras semanas de confinamiento.

Europe shine a light: La victoria de la autocomplacencia 

Eurovisión tiene dos almas: la ambiciosa y la autocomplaciente. La primera aspira a mantener el estatus de entretenimiento televisivo de primer nivel mundial; la segunda, en perpetuar clichés y no salirse de su zona de confort. 

Estas dos almas compiten año tras año por dominar el festival. Pero en cuanto se trata de un evento no competitivo, la ambición desaparece por completo. En cuanto los douze points desaparecen, Eurovisión se convierte en algo exclusivo para los eurofans, centrado única y exclusivamente en un público que ya tienes cautivo durante 365 días al año. 

El posible éxito del Europe shine a light dependía de conservar el espíritu de la noche del sábado. Y eso no se logró. 

Pero no nos equivoquemos: no sólo se trataba de hacer votaciones ficticias en una app. A fin de cuentas hemos tenido simulaciones todas las del mundo, e incluso tres o cuatro más. El espíritu del festival reside en poder disfrutar durante cuatro horas de un espectáculo que aspira a divertir a 200 millones de espectadores, que no se toma a sí mismo demasiado en serio y del cual siempre puedes recordar algún momento.

Llamar homenaje a la gala que organizó al UER es excederse en lo amable. Los artistas vieron cómo sus canciones se cortaban drásticamente a 30 segundos en favor de actuaciones de viejas glorias eurovisivas en el Europe shine a light. Esto en un evento como el Greatest Hits podría ser factible, pero el mensaje que Eurovisión debía trasladar anoche es que se encendía una luz y no se que apagaban miles. 

La responsabilidad patria

Escuchar las críticas es fundamental cuando quieres construir un proyecto duradero. Decir esto debería ser innecesario, pero en momentos como este se hace imprescindible. 

Sobre los hombros de la UER recae la mayor parte de la responsabilidad, pero no podemos olvidarnos de RTVE. El espejo en el que nos debemos mirar es la RAI, una televisión para la que Eurovisión siempre ha sido un producto de tercera y que este año ha dedicado verdadero interés en hacerlo relucir dentro del contexto en el que nos encontramos.

Mientras que en el festival conviven dos almas, en la corporación española parece que sólo existe una: la autocomplaciente. Toda la apuesta de una televisión pública por el festival no puede pasar por el área digital, porque de esa manera no crece la comunidad. 

Eurovisión no sólo puede ser un producto para los eurofans

A veces, incluso nosotros mismos nos olvidamos de esto. El mejor ejemplo fue el fenómeno que experimentó OT 2017, atrayendo a compositores como Rozalén. Quizás este sea el único éxito eurovisivo de Tinet Rubira en toda la década, pero permitió atraer a un sector del público que había perdido por completo el interés en el festival más allá del Sábado (sí, con mayúsculas).

César Vallejo nos lo dijo claro, 2018 debía ser el año del giro. El año en el que la comunidad creciese porque no sólo se centrase en los eurofans. Ese crecimiento se notó incluso tras conocerse los resultados. Tras ver el festival, todo el mundo sabía que España no podía competir en igualdad de condiciones con los otros 25 participantes. Porque se veía a la legua que no se había hecho el trabajo necesario. No se escucha a nadie llorar por el resultado de Amaia, Alfred y Tu canción

El problema es que el giro sólo duró un año. Al año siguiente, todo volvió a ser enfocado hacia los eurofans. Este siempre ha sido el principal fallo de España: no apostamos por mirar hacia adelante. Nos regodeamos en el pasado y la generación de falsas expectativas.

En este sentido, los eurofans tenemos que ser conscientes de nuestra parte de responsabilidad. A veces parece que queremos ser el eje central de Eurovisión, cuando quizás es mucho más importante que seamos el motor detrás del festival.

No es necesario que todo gire en torno a nosotros, ya vimos anoche lo que sucede por eso en el Shine a light. A fin de cuentas, no se trata de que los maratones se hubiesen retransmitido por La 2. Se trataba de celebrar Eurovisión como el evento que es, pensando qué hacer en este contexto tan característico, aunque sólo fuese un día. 

En el caso de España en Eurovisión no se trata de pedir más, se trata de pedir mejor. 

Open Up… ahora sí que sí

Como era de esperar, Rotterdam ha sido confirmada como ciudad anfitriona para 2021. Ante este escenario, el festival necesita recuperar el terreno perdido durante esta edición fallida y tras la emisión del Europe shine a light. 

Será la oportunidad perfecta para que el nuevo supervisor ejecutivo, Martin Österdahl, ponga en marcha una Eurovisión que mire hacia el futuro y deje de llorar por los meses pasados. Habrá que estar atentos al Junior de Polonia, confirmado durante la emisión del Europe Shine a Light y que seguro será banco de pruebas para la edición senior. 

Por su parte, Blas Cantó ha compartido en los último días las experiencias que se lleva de este año y parece enfocar 2021 con las ideas más claras. El próximo año será fundamental para saber si RTVE también las tiene. Cosa que, a día de hoy, no parece tan claro.

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